A las cinco cada tarde mi abuelo me traía a la cama una jarra de leche con rosquillas. Me quedaba allí mientras él iba a darle vuelta a las gallinas. La merienda me duraba sólo unos minutos y cuando él volvía yo le esperaba a los pies de la cama, de pie, a escondidas con el cuerpo pegado a la pared. Cuando abría la puerta con los huevos en las manos juntas haciendo un canasto con su cuerpo yo le asustaba y tenía que hacer juegos malabares para salvarlos a todos y que no cayeran al suelo
Yo reía y reía
Tardé muchos años en darme cuenta que él siempre supo que cada tarde yo le esperaba. Siempre hizo su papel de equilibrista asustado a la perfección, sin caer en el derroche de desperdiciar un huevo
Entonces sólo tenía 5 años
.

Qué recuerdo más bello...
ResponderEliminarKay
ResponderEliminarmuy valioso para mí, es como un fogonazo que me cuenta mucho con poco, igual que un haiku
Si no fuera por las patas de las gallinas se diría que parecen sombras chinas. La foto de Bruno Bourel es preciosa y oportuna; tus recuerdos, un tiempo devuelto para revivir.
ResponderEliminarTempero
ResponderEliminarsoy un salto, una asociación, un brinco, un recuerdo, un vuelo, un ensueño
también encuentro la fotografía preciosa