Llevo algunos días perezosa y no voy caminando al trabajo. Cojo el autobús a las siete y cuatro minutos. En el trayecto me he terminado Sueño, un relato corto de Murakami. En él usa un lenguaje fácil para contar una historia común (con acontecimiento extraordinario) que me deja pensando y extrañamente imbuida por el personaje. Así siento que mis 22 minutos de autobús son un sucedáneo (brevísimo) de una noche sin dormir de la protagonista. Al día siguiente comienzo a leer otro libro en el que voy dejando tiritas de papel para localizar alguna frase o párrafo. Salgo a desayunar a las 10 y lo hago rápido para ir a comprar unos lápices y señalar de este modo.
...Malgasté la noche con Nat. Me dio una lección de conducir y después lo acompañé y fingí que disfrutaba una película en Technicolor de sangre y truenos.
Después de escribir esta última frase, la leo de nuevo y pienso en borrarla. Sin embargo, debo dejarla tal cual. -Es inútil para mí consignar sólo las partes de mi existencia que me satisfacen- (¡Son tan pocas de todos modos!) Me permitiré tomar nota del repugnante malgasto de hoy, a fin de que no sea indulgente conmigo misma y comprometa mis mañanas...
Susan Sontag
