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12 de septiembre de 2015




"POR QUÉ ME DESPERTÉ
(Hombre plano, tercer borrador)





SOLO entre los durmientes" Surgido de las aceras de ciudades
extranjeras -delgado haz de otoño-, ¿quién era? Deambulando
de calle en calle en la grisalla, sonido de pasos en la acera, entre
horas, pensé en dónde podría entrar. Por qué lo hice. Pensé en
todo como un punto medio, dónde encontrar un filo, encontrar
una altura. Pensé en esta niebla, por qué. En algún lugar
nuestros bosques nos lloran, aquellos a quienes más habían
querido, y el nadador plateado de brazadas silenciosas, cuán
lejos de la orilla es difícil decirlo.



11 de febrero de 2015



La realidad no existe. Debe ser buscada y ganada. Los poemas están navegando...hacia un lugar abierto que puede ser habitado, hacia un sujeto a quien es posible referirse, y tal vez hacia una realidad a la que es posible referirse.
Paul Celan


Y cada noche,
desde el silencio de los árboles, sabes
que mi voz
viene caminando hacia ti.
                                                     Paul Auster



Los libros cuyas traducciones están al cuidado de Jordi Doce son interesantes desde el comienzo, ya en el prólogo.



12 de enero de 2015






...y hallaron dos espuelas de cartílago encima
de los omóplatos: no alas,
o no del todo,
pero algo como el recuerdo de un vuelo.



10 de noviembre de 2014






Reza un dicho popular que  Córdoba tiene tres estaciones:
invierno, verano...y la del tren.




Humo en el bosque
igual que un personaje de película muda
que caminara junto a los raíles.

Una forma que reconozco; no es humo, o no es sólo el humo,
y tampoco es la nieve sobre los avellanos
o las huellas de un zorro entre el andén y los árboles,

sino el invierno, ni amigo
ni extraño, como la niña que a veces vislumbro

al alba, cerca de la barrera, con un vestido
de bayas y aguanieve, viendo pasar el tren.






Poema: John Burnside 
Traducción: Jordi Doce

17 de octubre de 2014


La voz del que corría por el bosque
¿era la tuya?
¿Eras tú quien hablaba
en la zanja contigua,
a solas con su miedo?
¿Susurrabas
en mitad de ninguna parte,
tumbado entre hojas secas?



La pupila del cuervo
te va cortando a su medida.
El color de los abedules
es el color del extravío.

                                        (Jordi Doce)




7 de abril de 2014


Palabras como perros: nos huelen el miedo
Jordi Doce


Existe un cielo gris que no se oscurece invocando la lluvia ni tiembla intentando el azul. En ese color exacto me "llaman" las manos de  Glenn Gould. Cuando acaba el cd el tono del cielo permanece intacto, nada ha variado.





19 de diciembre de 2013

Aquel hombre no podía pisar dos veces el mismo camino.
Aprendió a volar.

Jordi Doce







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11 de diciembre de 2013

Mi piel es blanca, en algunos pedacitos casi casi trans pa  ren   te



Las ventanillas son  a esta hora rectángulos totalmente negros en el último tren del día que me lleva de regreso a casa. Saco del bolso las nueces y el libro.  Ya he leído algo de él  pero no sigo ese orden y lo abro al azar...


La fábula de Ícaro no es solo, como se recuerda una y otra vez con dedo admonitorio, un aviso a navegantes demasiado ambiciosos, empeñados en franquear o transgredir el espacio que se les ha asignado, el papel que deben representar. Es también una crítica al modo en que ciertas voluntades proceden a plasmarse e intervenir en el mundo. El fracaso de Ícaro no se desprende, en realidad, de ese exceso de hybris que le lleva a rivalizar con el sol, aunque así lo parezca y así haya quedado registrado al margen de la fábula. Hay un error quizás más importante en haberse contentado con una solución mecánica, esto es, en confeccionarse unas alas con plumas y cera que, llegada la hora de la verdad, no resisten el embate del calor. Nosotros no volamos; el avión lo hace por nosotros.
La genuina voluntad no debe contentarse con este atajo mecanicista; aun a sabiendas de que puede lograr poco o nada por esta vía, no debe plasmarse en el tener, en el simple hacer, sino proyectar su energía y sus vectores en el querer ser, en la creencia disparatada, fuera de todo lugar y razón, de que a fuerza de querer volar nos saldrán alas.

Jordi Doce


Cierro el libro sobre las piernas,  no lo guardo todavía aunque sé que ya no leeré más, debo pensar en esto mientras miro las ventanillas que no dejan ver más que negro...y en si las plumas se encharcan, en si las raíces arden, en si existe otro vuelo posible.

El tren avanza.




6 de diciembre de 2013






Algo debe ceder para que todo fluya
-el hombre que se aparta por instinto
de su mudo reflejo,
el ojo que no ve cuando repudia,
la piel donde trabajan las arrugas.

Surcos, rodeos, resistencias.
Allá fuera la vida insiste una vez más
y el viento mueve redes y cabellos,
el flanco estéril de las dunas;
aguas que se rompen en la orilla, labrándola,
mares que ascienden o descienden
según el plano de los cielos,
la sangre que va y viene bajo su sol doméstico.
Todo cede para ser algo,
todo cambia y se mueve y se rehace
para ser con más fuerza.


Así miras cada mañana la misma escena
y eres el mismo cada vez, propio y distinto,
viendo cómo la rueda de las formas 
gira hasta hacerse inalterable.
Te despiertas oyendo chillidos de gaviotas
y su voz anhelante, casi humana,
te recuerda que estás solo y no hay tregua.



















Es así, es así.
Cada día que pasa
negocias con el gen que te contiene,
te apoyas en distinto pie,
sacrificas verdades y mentiras
en el altar de la supervivencia.
Cada día que pasa
construyes la ficción que te guarece
en la ficción de la supervivencia.

Tu rostro en el espejo es un embuste.
Incapaz de seguirte, sólo entrega un reflejo,
una máscara opaca que envejece sin prisa
según la ley de la costumbre.

Aquí dentro la vida insiste una vez más
y la sangre se mueve, no sabe estarse quieta,
no sabe estar. Circula,
y es unos pies que bailan en la arena,
el brillo de la arena bajo el sol.
Algo debe ceder en ti para que seas.




19 de octubre de 2013

Ocho de la mañana, cerca de Chilworth

Algo ha cruzado la campiña,
una serie de huellas de garras
llenándose de agua color ciruela;
las estaciones se suceden durante millas:
una sola blancura enhebrándose al sol;
allá en el bosque
los zorzales cantores hacen temblar la nieve
sobre los avellanos, y la mancha que deja
la raposa es un eco de las fábulas
que los niños se cuentan al regresar a casa:
incrédulos a medias, deslizando los dedos por el vidrio,
duplicando cada copo de nieve con su brillo interior.




Poema: John Burnside
Traducción: Jordi Doce




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3 de octubre de 2013

Allí mismo



Una nidada fría, una puesta completa aunque escondida
bajo el mantillo del pasado otoño, y entonces supe,
por su lisa quietud, que se había arruinado sin remedio,
convirtiendo en mortal sudor un rocío
que empapaba las cáscaras sin hacerlas brillar.
Yo estaba de rodillas junto al seto, las manos apoyadas
sobre la hierba húmeda, adorador de aquello,
madrugador que indaga con las manos
y acostumbra encontrar huevos calientes. Pero no
este súbito tacto polar como un estigma,
este frío de círculo de piedra amaneciendo
en mi mortificada diestra, prueba innegable
de lo que allí pactó con la materia
hueca en su retraimiento planetario.



Seamus Heaney  dejó su huella imborrable hace unos años por Cosmopoética. Ayer en el autobús,  precisamente cuando me dirigía allí, leí este poema pegado sobre el cristal. 
La traducción es de Jordi Doce, otro poeta que también hemos disfrutado.


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2 de octubre de 2012


Aquí

Es un sol que amanece como si se pusiera.
Una luz incompleta, la paciencia del tallo.
No sabes dónde estás,
por qué ruta llegaste,

pero aquí, donde el suelo
tiembla bajo tus pies
como un idioma a punto de extinguirse,
la curva del brotar y la curva del horizonte

se confunden,
respiran una en otra
para limar las formas de la tierra,
los velos y espesores de la tierra.

Aquí, donde tus ojos son ojos que te miran
y nada es del metal de que está hecho:
deltas, riberas, vestigios de animales
y cuerpos que se buscan bajo un sol ilusorio.




Esta tarde seguiré escuchando voces, como la de Jordi Doce y con él... músicas en otros idiomas

Y por la noche un Encuentro con Panero en la Filmoteca. El primer poema suyo que leí no puede ser más hermoso



Suave como el peligro atravesaste un día
con tu mano imposible la frágil medianoche
y tu mano valía mi vida, y muchas vidas
y tus labios casi mudos decían lo que era el pensamiento.
Pasé una noche a ti pegado como a un árbol de vida
porque eras suave como el peligro,
como el peligro de vivir de nuevo.




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