He tenido un sueño, creo que influenciado por el olor a tierra mojada.
Entró de sopetón por la ventana con el primer aguacero, y después, en el trayecto de regreso a casa se quedó conmigo, incluso compartió mi cama.
Éramos un grupo numeroso, unas veinte personas, hombres y mujeres de edades diferentes, de entre veinte y cincuenta años. No reconozco a nadie de mi vida despierta. Todas nacidas por y para mi sueño.
Son perfectamente identificables para mí como personas "afines".
Vamos con lo puesto, sin nada en las manos, caminando por el campo. Al llegar a un punto, que sí reconozco como un trozo de paisaje de mi niñez, en un suave promontorio, nos tumbamos todos en la tierra, a pedazos cubierta de hierba.
Boca arriba miramos al unísono el cielo y siguiendo con la sincronización nos giramos colocándonos casi en posición fetal, buscando una armonía como si fuésemos a ser fotografiados desde el cielo.
De aquí pasamos a estar en un pequeño pueblo, también imaginado. El grupo se ha reducido, sólo somos cuatro personas. Ninguno somos pareja. Camino de la mano de un hombre joven, conversando por momentos pero casi siempre en silencio. Contemplamos todos los detalles de las casas, de las calles. Después voy de la mano del otro hombre.
En lo que parece la plaza del pueblo hay tres chimeneas enormes en desuso, de fábricas ya cerradas. Una de ellas está distanciada de las otras y en sentido horizontal. De su boca sale un gran chorro de agua, la han transformado en una fuente gigantesca.
Con el ruido del agua me desperté. Con una gran sensación de paz, la que proporciona la tierra y el agua, el aire y las personas afines.
Córdoba, diciembre de 2007