...cuando mi madre estaba triste hacia enganchar el tilburí e íbamos al campo a ver la noche de la estación seca. Tuve esa suerte, la de esas noches, la de esa madre.
La luz caía del cielo en cataratas de pura transparencia, en trombas de silencio y de quietud. El aire era azul, se cogía con la mano. Azul. El cielo era esa palpitación continua de la brillantez de la luz. La noche lo iluminaba todo, todo el campo a cada orilla del río hasta donde alcanzaba la vista.
Cada noche era particular, cada una podría denominarse según el tiempo de su duración.
El sonido de las noches era el de los perros del campo. Aullaban al misterio
.
.