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14 de mayo de 2017



 Los quereres no son las palabras. 
Son los hechos.
(Mi abuela)

Siega

En la linde del bosque no había más sonido
que el leve cuchicheo de una larga guadaña
hablando con la tierra. No sé qué le diría.
Quizás le contaba algo sobre el calor del sol,
o quizás algo acerca de aquel vasto silencio,
y por esto su voz no era más que susurro.
No le hablaba de un sueño nacido de los ocios,
ni de oro regalado por algún hada o duende:
fuera de la verdad, todo parece frágil
para el ferviente amor que alineó gavillas,
no sin dejar algunas flores (blancas orquídeas),
y asustó a una serpiente de un verde coruscante.
El sueño más hermoso que el trabajo conoce
son los hechos. Mi larga guadaña susurró,
y olvidose del heno.



11 de abril de 2014

                                   ¿Dónde nos volveremos a encontrar?"
  
                                                                              "En ningún sitio que sea
                                   Aquí, una vez más, antes que en otra parte".

                                                                              "¿Con lluvia?"

                                   "Tiene que ser con lluvia. Alguna vez que llueva.
                                   ¿Te parece mañana, si es que llueve?
                                   Pero si hemos de vernos, que haga sol". Y con estas palabras, 
                                   la joven se marchó.






Aquí en el sur algunos días de abril tiene una fuerza el sol  que eleva el termómetro a más de treinta grados. Como ayer.
Pero aún quedan días de lluvia.
En mayo también.



.

10 de abril de 2014


         


El espacio, un ligero parpadeo.
Pálpito vulnerable.

La tentanción, bruma púrpura.
Pálpito vulnerable.

La mirada, mi particular naufragio.
Pálpito acuciante
Vulnerable premura



                         "Veo que vamos a ser buenos amigos".

                         "Me gusta ese `vamos a ser´. Hace un rato dijiste 
                         Va a llover".
                                                                    "Lo sé, y estaba lloviendo.
                         Te he permitido que te explayes. Pero tenemos que irnos ya".

                         "¿Me has permitido? ¿Por consideración?
                         ¿Cómo nos despedimos, en tal caso?"

                         "¿Cómo crees tú?"
                                                                    "¿Quieres dejarme decidirlo a mí?"
             
                         "No me fío de tu mirada. Bastante has dicho ya.
                         Y ahora, échame esa mano. Cógeme aquella flor".

                        

27 de noviembre de 2013








Preparar nuestro equipaje,
otro barrio y otra ciudad, distante,
bajo otro sol, otra galaxia y otro tiempo,
otra intemperie,
cúmulo de estrellas diferentes, otro sinfín,
paralelo o simplemente interior.
                                                                                   















Esta mañana he rescatado una (otra) pestaña ahogándose en el primer café del día.  La he dejado sobre la mesa. Mirándola ahí, en el mismo lugar donde estuvieron otras antes, pensé que si las hubiese ido guardando en una cajita (negra) ahora serían suficientes para unos ojos nuevos,  podrían ser unos ojos talismán-guía. Quizás éstos supieran mirar de otra forma. 

¡Qué tontería! me dije segundos después, segundos después, pensando en invocar la magia...



el camino no elegido
...debo estar diciendo esto con un suspiro
de aquí a la eternidad:
dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,
yo tomé el menos transitado,
y eso hizo toda la diferencia.
                                                               





















Poemas:
Preparar nuestro equipaje: Zhivka Baltadzhieva. 
El camino no elegido: Robert Frost


23 de noviembre de 2013

  




Abedules

Los abedules se bifurcan ante
la línea oscura de árboles más rectos;
quiero pensar que los domó algún niño.
Pero no dura la labor de un niño.
La que hace el hielo, sí. Los habrás visto
cargados de hielo en las mañanas
de sol cuando ha llovido. Hacen cric-crac,
rama con rama, cuando el viento irisa
y fractura el esmalte que los cubre.
Luego el sol los despoja de cristales,
avalanchas se estrellan en la nieve
de vidrios que parecen, al barrerse,
fragmentos de la bóveda del cielo.
Sobre helechos marchitos se amontonan;
parecen no quebrarse, pero nunca,
tras inclinarse tanto, se enderezan.
En el bosque se ven arquear sus troncos
por muchos años, y arrojar las hojas
al suelo, como niñas de rodillas
en pleno sol para secarse el pelo.


Pero decía, antes de interponerse
la Verdad con sus asuntos prácticos,
que prefiero pensar que algún muchacho
los doma, si va y vuelve con las vacas—
lejos del pueblo y el juego de pelota,
obligado a inventar sus propios juegos,
sea verano o invierno, y jugar solo.
Por subyugar los árboles paternos
uno por uno se ha trepado en ellos,
quitándoles, por fin, la rigidez,
sin dejar uno erguido, ni uno solo
indómito. Lo que aprender debía,
lo aprendió: no desprenderse antes
de tiempo, y evitar llevarse el árbol
hasta la tierra. Supo mantenerse
siempre en la copa, montarse con cuidado,
como quien llena un vaso al mismo borde,
y hasta encima del borde. Y sólo entonces,
con un chasquido, un salto, se lanzaba,
pateando el aire hasta pisar la tierra.


Así fui yo también, en otro tiempo,
domador de abedules; sueño serlo,
cuando me agobian los asuntos graves,
y la vida parece un bosque espeso
donde la cara siente telarañas
que irritan y pican, lagrimeando
un ojo latigado por las ramas.
Bueno sería alejarme de la tierra,
para volver y comenzar de nuevo.
Que no me oiga el destino mal, ni a medias,
con sólo arrebatarme de la tierra
sin más volver. La tierra es donde se ama:
no sé dónde el amor mejor se afinque.
Yo bien me iría trepando a un abedul,
por esas ramas negras, tronco blanco,
camino al cielo, hasta que se inclinara
bajo mi peso, y me dejara en tierra.
Eso me serviría de ida y vuelta.
No hace mal quien se lanza de abedules.




Poema: Robert Frost
Traducción: Rhina P. Espaillat



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