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18 de abril de 2025


 


Algo bueno tiene el paso  del tiempo. Te va robando certezas. Y es un gran aprendizaje.

Antes pensaba que era toda una ironía que  la mirada se agrandara conforme los ojos se achicaban.

Ahora sé que no.

He descubierto miradas enormes totalmente inusuales, pero las hay...con ojos que no se achican.

Estoy emocionada.



8 de enero de 2023

 






Desde que nací yo fui la Niña.

Lo fui en aquella primera casa, que no era redondeada, pero ahora al recordarla se me ocurre pensar en ella así, con sus pequeñas habitaciones desiguales, su escalerita de peldaños suaves y gastados, sin ningún canto afilado, que llevaban a la camarilla.
Y sus patios. El primero de cemento, el segundo (el ideal) de tierra. Donde se apagaba la cal, se cortaba la madera y se partían los piñones con una piedra.

Y lo seguí siendo en la segunda casa, tan diferente a la primera. Un pasillo con tres puertas a cada lado. Sin patio de tierra ni piñones que partir.

Un día, siendo ya adolescente, oí a mi hermano Sebastián desde el final del pasillo que dijo…Carmen.
La recuerdo como mi primera vez.

Estábamos solos y a pocos metros. Por supuesto, no miré.

Al instante…Niña
Y yo respondí…qué.



29 de julio de 2021

 







Recurriendo nuevamente a Hilario Camacho, a sus sueños...a su volar. 

A sus pálpitos (él también sentía esas certezas sensibles...que no sensibleras).




2 de abril de 2021

 



Ayer vi por primera vez una abubilla. Se detuvo en la rama desnuda de un árbol a pocos metros. Sólo fue un instante. Segundos en los que pasaron por mi mente todos los pájaros con el poeta Attar guiando su vuelo.







22 de febrero de 2018





No sé si ha sido el cumpleaños, mi abuelo o los gorriones (o todo unido) lo que me ha hecho recordar algo que escribí hace  5 años.




Las flores son un misterio profundo como el bosque



.

En el recorrido diario por aquella casa pequeña, en la que la vida transcurría de igual modo en la sala que en los patios, tu mirada se encontraba con aquel gran cuadro donde dos niños rubios de ojos claros, de caritas gordezuelas y sonrosadas jugaban en cualquier jardín. 
Vestidos con la ropa de los domingos, o al menos eso te parecía a ti.
El ángel de la guarda, tras ellos,  invisible a sus ojos, les protegía.

Quizás fuese la forma de contarle entonces  a los niños, morenos y de ojos oscuros, sin pelo ensortijado, que los ángeles existían.

Cuando eras una niña con ojos de búho -por lo menos- (es un piropo que él te dijo una vez) tu abuelo te contó,  que siendo él un chavea, curaba a los gorriones. Sanados volaban  y él los veía alejarse contento.

Un siglo después viviste una época de oscuridad...

Abre la puerta niña que el día va a comenzar
se marchan todos los sueños
qué pena da despertar 
(Triana)

...dejaste de creer en los ángeles.

El hielo se rompe, agua cristalina.
La niebla se disipa.
Te gusta contemplar el espectáculo lento del flotar de la niebla, todo va apareciendo de forma suave, en una especie de acomodo a los sentidos, de transición, de despertar en algo parecido a un ronroneo, quizás son los gorriones, o los abejarucos, anunciando un nuevo día. 


...el señor Silvino, el señor Florindo y el señor Jardim murieron, se construyeron edificios en el lugar de las casas, pero sospecho que por debajo de esas construcciones de cinco y seis y siete y ocho y nueve pisos, en un sitio cualquiera bajo marquesinas y sucursales de banco, el señor Paulo aún cura, con cuerdas y cañas, las alas de los gorriones...
(António Lobo Antunes)

Y ahora sabes que existen las cartas sin palabras, algunas tienen una flor, otras una música, otras son una preciosa amalgama de colores. Otras son un gesto de cui(da)do.

Y ahora sabes que los ángeles de la guarda existen. Y tu abuelo, como el señor Paulo, sigue curando a los gorriones.



20 de enero de 2018




20 de enero, el santo de mi abuelo



En un tiempo difuso veo con total claridad a mi abuelo preparándose el desayuno, el mismo cada día: un tazón de leche con azúcar, que migaba con el trozo de pan más duro que encontraba en la panera. Lo cortaba  a pequeñas y finas rebanadas con su navaja, que era tan delgada y afilada como una hoja de afeitar. La leche la calentaba  en la hornilla de gas, con el fuego justo para no quemar los bordes del cacito.

Cada día daba cuerda a su reloj de pulsera.






5 de julio de 2017









2 de julio de 2017



















29 de junio de 2017







28 de junio de 2017