A las cinco cada tarde mi abuelo me traía a la cama una jarra de leche con rosquillas. Me quedaba allí mientras él iba a darle vuelta a las gallinas. La merienda me duraba sólo unos minutos y cuando él volvía yo le esperaba a los pies de la cama, de pie, a escondidas con el cuerpo pegado a la pared. Cuando abría la puerta con los huevos en las manos juntas haciendo un canasto con su cuerpo yo le asustaba y tenía que hacer juegos malabares para salvarlos a todos y que no cayeran al suelo
Yo reía y reía
Tardé muchos años en darme cuenta que él siempre supo que cada tarde yo le esperaba. Siempre hizo su papel de equilibrista asustado a la perfección, sin caer en el derroche de desperdiciar un huevo
Entonces sólo tenía 5 años
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