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19 de noviembre de 2015






Ebria de tantos cielos comidos como granos, granos del elixir de azul que hace volar, anda, todavía anda, pero ya le asoman alas, negras alas nocturnas, cortadas por la cumbre espinosa de las montañas. ¡No! Las montañas mismas forman parte de la sustancia de las alas, las montañas con sus alpacas, sus casitas, sus pinos...Ella admite que esas alas vivan, que se agiten. Quieren agitarse, se agitan. Anda. Vuela. Es en todas partes lo que vuela.

J. Audiberti



1 de abril de 2014

En los primeros días de abril desde el amanecer hasta que oscurece, 
el aire, los nidos de los gorriones, los de otros pajarillos, 
ya huelen a azahar.
También durante la noche.




A veces, los ojos cerrados, acostada en la hierba o en su casa, trataba de evadirse de su pesadez.
Una noche, incluso, creyó lograrlo. Se sintió llevada hasta el techo. No tocaba nada, ni con la espalda, ni con los pies, ni con el vientre. Ascendía dulcemente ...¿soñaba o no?
Sin embargo cogió la viga con su mano izquierda. Antes de descender pudo arrancar tres astillas de ligera madera, testimonios seguros. Y luego cayó de nuevo -¡cayó!- en el sueño.
Al despertar, las tres astillas de madera habían desaparecido.
J. Audiberti


El escritor que imagina es aquí un psicólogo exacto. Sabe que en el sueño de vuelo, el soñador se ve colmado de pruebas objetivas. El soñador arranca una astilla de la madera, recoge una hoja en la copa del árbol, saca un huevo del nido del cuervo. Une a esos hechos precisos los bien armados razonamientos, los argumentos bien elegidos que dará a aquéllos que no saben volar. 
Desgraciadamente, al despertar, ni  las pruebas han quedado entre las manos ni los buenos razonamientos en el espíritu.
Pero el bienestar del sueño nocturno de ligereza permanece.
Gaston Bachelard