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2 de mayo de 2013







Una buena amiga iba a morir. Los médicos ya se lo habían comunicado. Era cuestión de pocas horas, cinco o seis. Su apariencia física era la de siempre. Te contó lo que había hecho antes de volver al hospital, sus sensaciones y pensamientos, sabiendo que se acostaría por fin en esa cama, para pasar ya sólo algunos minutos.

Te despertaste con una tristeza inmensa al mismo tiempo que la tranquilidad te invadía...sólo había sido un sueño.

Otro llegó, era el mismo con distinto protagonista. Ahora era tu madre la que ocupaba el lugar, del mismo modo con las horas contadas. Ella permaneció todo el tiempo en la cama, hablando unos minutos con cada hijo, la última fuiste tú.

Después te despertaste recordando la corta conversación y la última imagen grabada (en la retina o en el hueco bajo el esternón). Volviste a dormir y amaneció.

Un frío gélido hubiese estado bien para mantener el ambiente, pero el día estaba radiante. Tomaste un café rápido. Al arrancar el coche la radió comenzó a sonar (muy alto). En el corto trayecto los sueños danzaban en el parabrisas con la luz molesta del sol  que te obligaba a entrecerrar los ojos.

Las tres estábais vivas esa mañana, pero la muerte había removido el agua del río, como si estuviesen lanzando piedras desde la orilla.


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