Las casualidades no existen y la música es poderosa
Conocí a Amorphis en diciembre, hace 5 años.
Un poco más tarde y por ellos llegué a conocer el Kalevala... y en él a la figura importante de Väinämöinen. He hablado algo de él hace algún tiempo.
Las letras del último disco de Amorphis (que por lo que he leído a algunos de los que ponen "nombres" hacen una música metal progresivo) están dedicadas prácticamente todas a Väinämöinen.
Amorphis también me llevó a la música de Sibelius.
Hace menos decidí sembrar un bosque con el que arropar mis sueños. No sabía qué especies acogería.
Llegaron los abedules. Más tarde algunos pajarillos verdes. Con el otoño criaturas de otros bosques lejanos vinieron a poblar mis noches, con un olor penetrante que sacude mis sentidos y una pluma que impulsa mi vuelo.
Ahora hago nuevos descubrimientos del Kalevala que me emocionan...
...Väinämöinen ordenó plantar abedules en las cañadas, en un lugar señalado dejó que creciera un alto abedul para descanso de las aves, los pájaros y para el canto del cuclillo, por ello este músico prodigioso encontrará gratitud en el águila.
Al final del largo poema se produce el verdadero encuentro entre el árbol y el cantor. Cuando vagaba por las praderas lamentando la pérdida de su instrumento musical, el kantele, que había extraviado durante una tempestad en el mar, oyó llorar a un abedul. Väinämöinen se detuvo y le preguntó qué le ocurría. El árbol se quejó de su soledad y de que nadie oía sus canciones; su destino, dijo, era esperar a que alguien le arrancara la corteza o le cogieran la savia; los «malos pastores» le cortaban la envoltura para trenzar vasos o vainas o canastillas para bayas; las muchachas bailaban con júbilo y desgajaban las ramas para hacer unos haces. Ante sus penas, el bardo le aseguró un destino feliz: lo convertiría en un kantele, y así repararía su pérdida en el mar.
Lo cinceló durante un día entero de verano:
talló la caja de los cantos,
esculpió la nueva alegría
del árbol en el duro tronco,
en una veta de abedul.
Hecho lo cual, sacó las clavijas del canto de un cuclillo, y comoquiera que le faltaban las cuerdas, fue al encuentro de una muchacha que canturreaba melodías de amor en una landa y le pidió unos cabellos para hacer las cuerdas, a lo que ella accedió. Terminado el kantele:
el veteado abedul sonó,
murmuró la frondosa rama,
cantó alegre el oro del cuco,
los rubios bucles se alegraron.
Acudieron a escuchar la prodigiosa música todos los hombres y mujeres, las aves abandonaron las ramas para acercarse allí, los animales se congregaron en torno al músico; los pinos curvaron las copas, se inclinaron las flores. Después de tocar dos días seguidos, Väinämöinen marchó a su casa, donde siguió tañendo aquel precioso instrumento de abedul, y el hogar entero se convirtió en música:
en la sala de viguería
de pino, el techo reprodujo
el son, el suelo alzó la voz,
la puerta comenzó a cantar
y las ventanas se alegraron,
también vibró el horno de piedra,
cantó la sólida columna.
Las casualidades no existen y la música es poderosa