Su verdadera pasión era escribir (y recibir) cartas. Escribía a amigos a los que apenas veía, a parientes lejanos, a desconocidos, a gente que había encontrado en sus viajes. Sobre su cómoda siempre había sellos. Me fascinaba su conocimiento del mundo, o sus conjeturas sobre cómo funcionaba el mundo. Y de adolescente, adoraba su visión alternativa de las cosas, su intransigencia, tan raída y tan regia.
Apenas nunca nos abrazamos, ni tan siquiera nos tocamos: los regalos eran nuestra forma de contacto más íntima. Y a lo largo de tres décadas, cumplieron siempre una ley tácita: habían de ser pequeños y raros y apelar a un gusto particular bien conocido en el otro.

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