El portón permanece abierto todo el día,
pero en la noche yo mismo voy a cerrarlo.
No espero ningún visitante nocturno
a no ser el ladrón que salta el muro de los
sueños.
La noche es tan silenciosa que me hace
escuchar
el nacimiento de los manantiales en los
bosques.
Mi cama blanca como la Vía Láctea
es breve para mí en la noche negra.
Ocupo todo el espacio del mundo: mi mano
desatenta
derriba una estrella y ahuyenta un murciélago.
El latir de mi corazón intriga a los búhos
que, en las ramas de los cedros, rumian el
enigma
del día y de la noche paridos por las aguas.
En mi sueño de piedra quedo inmóvil y viajo.
Soy el viento que palpa las alcachofas
y enmohece los arreos colgados en el establo.
Soy la hormiga que, guiada por las
constelaciones,
respira los perfumes de la tierra y del océano.
Un hombre que sueña es todo lo que no es:
el mar que los navíos dañaron,
el silbido negro del tren entre hogueras,
la mancha que oscurece el tambor de
querosén.
Si antes de dormir cierro mi portón
éste se abre en el sueño. Y quien no vino de
día
pisando las hojas secas de los eucaliptos
viene de noche y conoce el camino, igual
que los muertos
que aún no han venido, pero que saben
dónde estoy,
cubierto por una mortaja, como todos los que
sueñan
y se agitan en la oscuridad, y gritan las palabras
que huyeron del diccionario y fueron a
respirar el aire de la noche que huele
a jazmín
y al dulce estiércol fermentado.
Los visitantes indeseables atraviesan las
puertas atrancadas
y las persianas que filtran el paso de la brisa,
y me rodean.
¡Oh misterio del mundo! Ningún candado
cierra el portón de la noche.
Fue en vano pensar, que al anochecer
dormiría solo
protegido por el alambrado espinoso que
cerca mis tierras
y por mis perros que sueñan con los ojos
abiertos.
En la noche, una simple brisa destruye los
muros de los hombres.
Aunque mi portón va a amanecer cerrado,
sé que alguien lo abrió en el silencio de la
noche,
y asistió en la oscuridad a mi sueño inquieto.