vestidito de verano para un día de diciembre
La mujer ponía la mesa. Lo hacía cantando. La niña, sentada ya, la corregía en cada palabra que cambiaba.
Pasaron algunos meses, llegó diciembre. Y con él el segundo recuerdo que esa niña conservaría de su abuela, sin poder verla ya. Como meses atrás estaba sentada en una de las sillas de anea que su abuelo hacía cuidadosamente. La mujer estaba tumbada en una cama de la habitación contigua, su cuerpo sin vida.
Muchas expresiones y frases, cada una con sus enseñanzas implícitas, muchos relatos de su vida, no se perderían ese día gris de diciembre, un día como el de hoy. Permanecen intactos, están presentes. Mi madre se ha ocupado de ello.
Mi abuela siempre decía...Los quereres no son las palabras, son los hechos.
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