Reconocemos la música que ocupa nuestra vida cotidiana. También alguna que llega de forma esporádica.
Pero hay sonidos que no imaginamos.
Eran casi las dos de la mañana cuando un ruido me hizo mirar a la acera de enfrente. La golondrina estaba en el suelo con las alas extendidas. Miré hacia arriba para ver cuántas plantas tenía el edificio. Había caído de una altura de un cuarto piso.
¿Cómo un cuerpo tan pequeño puede sonar tan fuerte? me pregunté
Crucé para verla. Tenía los ojos abiertos. Si rozabas el extremo de sus alas reaccionaba
Y me surgió otra pregunta al tenerla tan cerca...¿qué proporción dentro de esa mirada ocupaban el dolor y el miedo?
Alguien me preguntó...¿qué ocurre?
Se agachó, la cogió y la puso en el alfeizar de una ventana, tan alto que yo tenía que levantar los brazos para llegar a él.
-Aquí nadie la verá y estará a salvo de que le hagan daño
Entramos al local donde la música sonaba a un volumen altísimo, aunque no impedía que oyeras el tintineo de los cubitos de hielo cuando la camarera los soltaba desde bien arriba, en esa coreografía especial que tienen los camareros de los bares "de copas".
Salimos en otra dirección. No vi más a la golondrina
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