Mi vida, a la que todo llegaba tarde, el poder y aun la felicidad, adquiría un esplendor cenital, el brillo de las horas de la siesta en que todo se sume a una atmósfera de oro, los objetos del aposento y el cuerpo tendido a nuestro lado. La pasión colmada posee su inocencia, casi tan frágil como las otras; el resto de la belleza humana pasaba a ser espectáculo, no era ya la presa que yo había perseguido como cazador. Aquella aventura, tan trivial en su comienzo, enriquecía pero también simplificaba mi vida; el porvenir ya no me importaba.
Dejé de hacer preguntas a los oráculos; las estrellas no fueron más que admirables diseños en la bóveda del cielo. Nunca había observado con tanto deleite la palidez del alba en el horizonte de las islas, la frescura de las grutas consagradas a las Ninfas y llenas de aves de paso, el pesado vuelo de las codornices en el crepúsculo.
Releí a los poetas; algunos me parecieron mejores que antes, y la mayoría peores. Escribí versos que me dieron la impresión de ser menos insuficientes que de costumbre.
Releí a los poetas; algunos me parecieron mejores que antes, y la mayoría peores. Escribí versos que me dieron la impresión de ser menos insuficientes que de costumbre.
Memorias de Adriano (fragmento)
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