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22 de octubre de 2012


Hambre y soledad: mis musas


Hasta hoy, mi pueblo está rodeado de llanuras cubiertas de plantas y flores silvestres. Me sacaron de la escuela cuando era muy joven, de modo que mientras muchos niños estaban en clase, yo sacaba el ganado al campo a pastar. Con el tiempo, llegué a saber más sobre animales que sobre personas. Sabía qué les ponía contentos, tristes, o qué les enfadaba. Sabía qué querían decir sus expresiones, y sabía qué estaban pensando. En esas interminables tierras sin cultivar solo estábamos unas pocas cabezas de ganado y yo. Pastaban tranquilas, y sus ojos semejaban el azul de los océanos.

Cuando trataba de hablar con ellas, me ignoraban, preocupándose tan solo de las deliciosas hierbas del suelo. De modo que me tumbaba boca arriba y contemplaba las nubes esponjosas moviéndose sin rumbo por el cielo, imaginando que eran grupos de hombres perezosos y enormes. Pero cuando intentaba hablar con ellos, también me ignoraban. Había multitud de pájaros sobrevolando el cielo: gaviotas, alondras y otras razas comunes cuyos nombres no conocía. Su canto me conmovía profundamente, a veces hasta el borde del llanto. Traté de hablar con ellos, pero estaban demasiado ocupados como para prestarme atención. Así que permanecía tumbado sobre la hierba, atravesado por la tristeza, y comenzaba a dejar volar mi imaginación. Con la mente sumida en un estado de ensoñación, todo tipo de pensamientos maravillosos inundaban mi cabeza, ayudándome a comprender el amor y la decencia.

Muy pronto aprendí cómo hablar conmigo mismo. Desarrollé una insólita capacidad expresiva, siendo capaz de hablar sin parar con elocuencia e incluso haciendo rimas. En una ocasión mi madre me sorprendió por casualidad hablando con un árbol. Alarmada, habló con mi padre.

—Como padre de nuestro hijo, ¿piensas que le ocurre algo malo? Más adelante, cuando fui lo bastante mayor, me integré en el mundo de los adultos como miembro de una brigada de trabajo, y la costumbre que tenía de hablar a solas, que se había iniciado cuando cuidaba al ganado, sólo generaba problemas en mi familia.

—Hijo mío —me suplicaba mi madre—, ¿cuándo pararás de hablar a solas?

Al ver la expresión de su cara se me llenaron los ojos de lágrimas y le prometí que pararía. Pero en el instante en que estaba rodeado de gente, las palabras afloraban desde mi interior, como ratas saliendo de la ratonera. A eso normalmente le seguía un sentimiento de remordimiento y la terrible seguridad de que había vuelto a fallar a mi madre. Ese fue el motivo por el que elegí Mo Yan «No hables» como seudónimo.



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