Centro
Remontamos a pie el lecho del río, sin saber
muy bien qué buscábamos: hundimos los pies
en charcas repletas de insectos, pisamos zarzas
para evitar cascadas, nuestra piel se llenó de cortes
y se aceleró el corazón. Finalmente, más arriba aún
de donde manaba el agua, la encontramos: una
enorme pirámide de piedra -era el secreto.
No lo desciframos, pero alcanzamos su localización exacta;
no lo desvelamos, pero sabemos al menos que existe.
Pienso -y éste es el motivo que me trae al poema
desde las charcas llenas de huesos de animales-
si habrá también dentro de ti un camino
que lleve a tu centro, al secreto: aunque sea
un camino así, lleno de zarzas
y precipicios -¿qué importa eso,
si las heridas de ese camino ya las tengo?
Martín López-Vega
Mirna se afila las uñas cada día, varias veces además.
Lo hace en el sofá y en la cesta llena de revistas; también en la colcha blanca de mi cama, a los pies, en la esquina derecha casi siempre.
No ha perdido su instinto cazador ni el hábito de prepararse para los peligros y sorpresas que depare el nuevo día.
Mirna se afila las almohadillas cada día, no tiene uñas.