Unos años más tarde, ayer
...El cielo es austero, cerrado como la tapa de una jarra de té. De esta superficie herméticamente cerrada cae la lluvia, interminablemente. Cuando uno está de pie, el ruido es ensordecedor. Crepitar de las gotas que rebotan en el sombrero y el manto de paja. Chorreo del agua que cae de las nubes en los cuatro ángulos del arrozal. También se le añade -parece- el lejano ruido de la lluvia sobre el bosque que rodea el santuario de Kio, que se ve al otro lado.
Suspendidas sobre el bosque, las nubes negras se amontonan en la inmensidad del cielo.
Natsume Sōseki
Suspendidas sobre el bosque, las nubes negras se amontonan en la inmensidad del cielo.
Natsume Sōseki
En el trayecto conversamos sobre la imagen decadente de las minas agotadas, de los edificios abandonados, de los cristales rotos.
-Sí, claro, tome.
Salimos al andén y al encontrarse con un amigo que viajaba con él pero ocupaba asiento en otro vagón, éste le interrogó con la mirada.
...la he conocido en el tren, contestó a la pregunta sin palabras.
-¿Vive muy lejos?...podemos acercarla, mi hijo ya está ahí...
...Ayer hice el mismo recorrido, mismo tren. Mi compañero de asiento era un hombre joven con los brazos tatuados. Lo poco que vi de ellos era un grupo de estrellas muy bien difuminadas. Respondió a mi saludo levantando las cejas mientras se levantaba para dejarme paso.
Devolví una llamada de trabajo.
Era de noche, no podía mirar el paisaje.
Comencé a leer el libro de Natsume Sōseki.


